Ayer en el estudio tuvimos un repentino ataque de minichinorris, unos seres extraños (como los marchanos) de colores y plastiquete que rebotan por todos lados y hacen un ruido infernal. Cuando llegué, a eso de las 7 de la tarde, encontré a Sanabria atrincherado bajo la mesita lack intentando protegerse en la medida de lo posible. Casi no me dio tiempo a hacer lo propio, y uno me pasó rozando la sien y se fue a estrellar violentamente contra la pared del fondo.
El ataque había empezado algunas horas antes de que llegásemos. Por lo visto, alguien se había dejado abierto el grifo de una bombona china y había habido un escape. Bastante descontrolado, además. La situación se había hecho bastante insostenible poco antes de que Sanabria entrase en el estudio, ya que, sin darse cuenta, un chinorri había mordido unos cables y habia provocado una reacción en cadena que los dotó a todos con superpoderes y vista de rayos-X.
Bastante alarmado, intenté buscar una solución por todos los medios. Me arrastré con cuidado, tratando de que no me viesen, y me dirigí a la vieja biblioteca (un vetusto mueble de pino que contiene algunos tomos de valor y antigüedad incalculable, además del famoso Curso de Literatura Rusa 1, 2 y 3). Allí, en el viejo tomo del Especiarum Raritus encontré un escueto artículo sobre los chinorris, pues bien es sabido que poco se sabe sobre ellos, valga la redundancia. Las pocas observaciones realizadas conducían a aún menos averiguaciones, y de ellas se extraía que lo único que se podía hacer en estos casos era irse bien lejos y esperar. Por la noche los chinorris desaparecerían, sin más.
Volví con Sanabria y decidimos irnos de allí. Tampoco habría grabación, pero aprovecharíamos el tiempo. Cogimos el Boss MicroBR y nos subimos al desván con una guitarra y un tecladín para improvisar un poco con las arañas (¡no veáis cómo tocan el violín en las telas! ¡es maravilloso!). De la improvisada sesión salieron muy buenas ideas que quedaron bien registradas para su posterior disección y arreglo. Acercándome al final del trayecto y con la idea fija de grabar un minicuento en varios movimientos para cerrar el disco, además de dos canciones secretas (una versión y una reimaginación) me doy cuenta de que se me amontona un poco el trabajo. Hoy, sin chinorris, intentaré dar forma a Esquimales, que es como le hemos puesto a la canción de las campanitas que os conté ayer, pero habrá que sacar tiempo para dedicarlo a finiquitar de una vez por todas el Vals Orbital de Scumm, que está a falta de dos o tres tonterías de montaje.
Ya os iré informando.
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